Recomponerse


Vas, voy, vengo, vienes...
Yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos.

Comienza un nuevo día, luminoso. Apenas ha despuntado el sol y ya lo llena todo.

Aunque para llenarnos ya estás tú, siempre incondicional.
Como un oasis en el desierto.
En pleno pulmón de la ciudad, en su corazón, y tan sólo tengo que correr una fina cortina para tenerte al otro lado.
Tu paisaje, hoy en especial, me invita a no irme.

- Ven, acércate, te estoy esperando.
- Voy- te digo- y de inmediato mis pies, ahora descalzos, se encaminan hacia ti.

Despacio, sin prisas y con un hondo respirar, me lleno de una paz difícil de describir pero ya reconocida por mi; La calma que tú me das.

En esa bocanada de aire, instintivamente fijo mi mirada en el cielo.
Tan sólo una nube.
Curioso. El efecto óptico me hace reconocer en una extraña pareidolia, un pez payaso, que dejando una estela tras de sí, abre la boca para soplar al resto de nubes y hacerlas desaparecer por un rato.

Bien hecho, hoy el cielo se me antoja azul, mire donde mire.



Qué fácil llegar a ti.
A tu fina y suave arena.
Dorada, mojada.
De agradable tacto.

Y cuanto más me acerco a tu orilla, más me sobrecoge mirar al frente y contemplarte.
Inmenso. Inmensa. Como esas sensaciones a mi alrededor, cuando poco a poco, el agua fresca se acerca suave, acariciando.

- Te llamé y has venido.
- Siempre- respondo-.

Y de una manera casi hipnótica dejo que mis pies se hundan en la arena, con cada ola henchida de sal y de vida.
Juego de espumas.
Yo, tú.
Nadie más.
Me dejo llevar.

Vida fuera y vida dentro, vida con solo verte.
Observarte, escucharte, olerte, saborearte, acariciarte.
Sentirte...

Recompones todos los elementos. Limas sus asperezas, como a esas piedras pulidas por tu constante ir y venir.

Te ofreces sin medida.
Cobijas.
Reconozco y puedo ubicar, con los ojos cerrados, cada una de tus diferentes tonalidades.
Incluso dibujarlas, esculpirlas y hasta recitarlas.
Tus entrañas se dibujan como un caleidoscopio.

Y como quien no quiere la cosa, hoy, un día como otro cualquiera, también limas mis asperezas.
Las piedras de mi camino.
Acompañas y consuelas, cuando no hay nada más que hacer o decir.
Siempre estás a la altura de mis sueños.
Y a la altura de quienes me acompañan en la vida, mis incondicionales.
Al igual que ellos, me ayudas a recomponerme pero sobre todo a entender que debo hacerlo, sólo por y para mi.

- ¿Alguna de las veces que me llamas, llegas a dudar si vendré?
-  Nunca- me responde-
- Ni por un momento- asiento-.

Comentarios

  1. Qué suerte tienes de tener el mar tan cerca. No sabes cuánto lo echo de menos. Es un privilegio poder pasear por esa arena, junto a la orilla.

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  2. Qué suerte tienes de tener el mar tan cerca. No sabes cuánto lo echo de menos. Es un privilegio poder pasear por esa arena, junto a la orilla.

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    Respuestas
    1. Sí, Tawaki, es una suerte, lo sé.
      Es un privilegio y reconozco que a veces, por tenerlo siempre ahí, lo "olvidamos" un poco, en el sentido de no hacer esos paseos con más asiduidad.

      El mar recompone, calma, tiene un efecto sanador.....
      Para mi está lleno de connotaciones positivas.

      Gracias por venir.
      Un beso.

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